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La historia de Valter

Cuando yo vivía en la campiña toscana, en un podere (casa de campo) cerca de Siena, acogíamos personas que querían pasar un tiempo viviendo con nosotros. Normalmente eran buscadores, gente nómada atraída por nuestra manera de vivir en una comunidad con un fuerte espíritu ecológico y por una búsqueda de realización interior y espiritual a través de las relaciones humanas.

Un día, pasó por allí nuestro querido Valter y se quedó dos años con nosotros , siendo casi parte de nuestra familia. Era una persona exquisita, de unos 50 años. Cuando me contó su historia, me sentí muy conmovida. Nunca pude entender cómo había hecho para poder
sostener tanto dolor de una infancia abusada y ser el adulto que era cuando nuestras vidas se cruzaron.

Trabajaba como albañil y cuando llegaba la tarde le encantaba regar el prado. Lo hacía con una devoción meditativa, como si en ese acto se nutriera a sí mismo interiormente al mismo tiempo que  daba agua a las plantas. También fumaba como un carretero y le gustaba mucho tomar cervezas, quizás demasiado a mi modo de ver.

Pasó un día que pilló  una infección en la boca y el dentista le comento que tendrían que extraer todos los dientes.

El día anterior lo vi. Decir que estaba muy asustado es quedarme corta.  Y lo que voy a contarte a continuación no es otra cosa que constatar que el cuerpo tiene escondidas sus memorias dolientes bajo llave, sobre todo las más dolorosas.

Cuando regresó del dentista, por su boca se le destaparon en forma abrupta todos los recuerdos traumáticos de los abusos que sufrió en su infancia. Su ser se entregó a la locura. Fue al patio central de casa y se tiró al suelo rodando y gritando. Cualquier persona que se le acercara era echada con violencia, estaba muy agresivo y daba miedo.

Aparecí en escena, sin saber qué me iba a encontrar.
Lo llamé y él me gritó que me fuera, que no me quería hacer daño, que lo dejara…
– ¡Veteee! -me gritaba.

Me dolía mucho verlo en ese estado. Era perfectamente consciente de lo que le estaba pasando y lo que estaba reviviendo. Yo no podía dejarlo así.

Siguiendo mi instinto, fui a casa y cogí mi tambor. Estaba anocheciendo y con unas ramas hice un pequeño fuego en un lado del patio. Yo, centrada en lo mío, sin mirarlo. 

Él se ha entregado a su locura. Y me puse a cantar acompañando el ritmo de mi tambor. Mi canto era una plegaria espontánea de Valter. Surgió de manera lenta, tierna, conectada. Ajena a los gritos , yo seguía con mi canto al lado del fuego. Y así por un buen rato.

Poco a poco ocurrió el milagro. Valter se fue acercando, arrastrándose por el suelo. 

Yo, sin mirarlo pero profundamente conectada con él, seguía cantando con mi tambor.  

Valter apoyó finalmente su cabeza en mi. Dejé mi tambor y mientras le acariciaba delicadamente mi canto se volvió materno como una canción de cuna. Empezó a llorar desconsoladamente y yo le seguí cantando un buen rato hasta que se calmó y volvió a sí mismo.

Había una mirada de agradecimiento, de contención, de calma, de transformación. En ambos.

Y ahora me preguntarás, Rosa ¿para qué me estás contando todo esto?

Simple. Es para transmitirte  el valor profundo y sanador del canto cuando surge de manera instintiva. Es profundamente transformador lo que sucede cuando una está centrada, sin miedo a que salga la voz o el canto que tengamos para traer en ese momento.

Soy consciente de que lo que hago y ofrezco: cura, sana y transforma. Tan solo necesitamos aprender a sacarlo.

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